Soñé que era lunes por la tarde en los años noventa cuando mi compañero del instituto convertido en corredor de bolsa vampiro, Lars, me llamó una semana después del funeral de mi madre -¡una semana!- y me dijo que invirtiera lo poco o mucho que hubiera heredado en acciones de Microsoft. Le dije que hasta ahí había llegado nuestra amistad. Le dije que era un parásito. Y si por lo menos Microsfot se hubiera hundido en la más profunda miseria desapareciendo de la faz de la tierra, quizá habría llegado a perdonar a Lars, pero no fue el caso. Su sistema operativo de mierda conquistó el planeta y los cien mil dólares que heredé de mi madre, invertidos en Microsoft, tendrían ahora un valor ligeramente superior a los trece millones de dólares.
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